Se estima que en los últimos 30 años Galicia ha perdido un 20 % de su superficie agraria útil (SAU) y cuenta actualmente con cerca de 900.000 hectáreas cubiertas de matorral, mientras que la falta de tierra es uno de los mayores problemas para las explotaciones que siguen activas. Nuestra comunidad ha perdido en las últimas tres décadas aproximadamente 150.000 hectáreas productivas, lo que supone un 20 % de su SAU. Aproximadamente, la superficie agraria útil utilizada actualmente en Galicia estaría algo por debajo de las 700.000 hectáreas, lo que representa menos de una cuarta parte del territorio total de la comunidad.
Personas agricultoras y ganaderas que se jubilan, explotaciones que cierran sus puertas y tierras de cultivo que quedan abandonadas o, en el mejor de los casos, acaban convirtiéndose en plantaciones forestales de todo tipo. Esta es la realidad del campo gallego durante los últimos treinta años. Realidad que algunos no quieren ver.
Según especialistas, el 40 % de la superficie de Galicia sería apta para el cultivo del maíz, pero solo la mitad tendría una aptitud buena para cultivos exigentes como este. Los expertos afirman que la urbanización de tierras agrícolas, las plantaciones forestales y el abandono son los factores que reducen la SAU. Las pequeñas explotaciones, con menor margen de beneficio y más expuestas a los bajos precios del mercado agrario, sucumben frente a las explotaciones que ganan músculo, que disponen de más tierra y dimensión, y que resisten mejor.
El campo gallego se reduce con el envejecimiento de las personas agricultoras y la falta de relevo generacional debido a las dificultades para competir en un mercado abierto y competitivo, con precios bajos y elevados costes impuestos por las normativas comunitarias. Entre 2013 y 2023 pasamos de 77.663 explotaciones agrarias a 43.509. De las 34.154 explotaciones menos dedicadas al cultivo de la tierra, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE): 18.463 pertenecían al sector de carne, 6.165 al lácteo y el resto a agricultores a tiempo parcial o de autoconsumo. El tamaño medio creció de 8,44 hectáreas a 13,3. Aun así, Galicia se mantiene como la tercera comunidad con las explotaciones más pequeñas, tras Canarias y la Comunidad Valenciana.
Por tanto, en un entorno en el que alcanzar dimensión es clave para subsistir en la producción agraria, no se acaban de entender en el sector vitivinícola la lentitud, los impedimentos y/o las trabas administrativas para que los viticultores puedan transformar montes y matorrales en viñedos. Sabemos que el uso del suelo para el vino está muy regulado mediante las autorizaciones de plantación y/o los derechos de plantación. Son normas que debemos respetar, pero, en Galicia, es vital que los productores crezcan. En este momento en que los vinos gallegos gozan de buena acogida en los mercados y que existe capacidad para valorizar las explotaciones vitícolas incrementando su tamaño, no podemos desaprovechar la oportunidad de generar valor para la población rural y animar a las nuevas generaciones a apostar por este cultivo.
El viejo refrán gallego dice: ni viña en el bajo ni trigo en el cascajo. Galicia produce casi la mitad de la madera de España, y tenemos un sector forestal fuerte y en crecimiento que avanza, entre otros factores, a costa del abandono agrario del medio rural. Con el cambio climático, las condiciones para aprovechar las laderas de los montes como viñedo aumentan. Darle vida y futuro agrario y ganadero al rural es darle acceso a más tierra a los productores, una misión de todos, en la que todos debemos implicarnos de verdad.





