Superada la pandemia Covid-19 los consumidores de vino aceleraron el cambio de hábitos, reduciendo los niveles de consumo de vino tinto e incrementando moderadamente los de vino blanco, rosados, espumosos y los de menos alcohol. El consumidor es el jefe y muchas veces adopta decisiones que los productores no comprenden, pero que deben asumir con la mayor agilidad posible. Siempre se dijo que lo mejor es anticiparse y tratar de ser de los primeros en ofrecer aquello que el mercado demanda, para no estar sometidos a una agonía permanente de falta de esperanza.
La ley de la oferta y demanda lleva a la Denominación de Origen Ribeira Sacra a una crisis para la que no estaba preparada. La caída del consumo de los vinos tintos no afectó solo a la Ribeira Sacra, pero otros pequeños productores gallegos de tintos más organizados, más previsores y amparados en alguna cooperativa fueron asumiendo los nuevos retos que marcan los mercados.
El consumo mundial de vino alcanzó máximos en el 2007 y desde esa fecha desciende. En el caso de la Unión Europea, el consumo se viene reduciendo desde los años sesenta, y casi un 30 % en este siglo en España, Francia e Italia, principales consumidores. Por eso, los vinos europeos dependen cada vez más de las exportaciones a mercados de fuera de la UE: Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Argentina, China, Australia, etc. son mercados que crecieron y que, ahora, algunos retroceden y otros se estabilizan. Pero lo importante es que la Unión Europea incrementó mucho las ventas a países terceros en valor, a pesar de descender en cantidad. América Latina y África son los nuevos mercados en crecimiento.
La preocupación por la salud, la evolución de los hábitos sociales y los cambios demográficos impulsan la reducción del consumo, a pesar de que la juventud prefiere bebidas alcohólicas alternativas como los licores (¡tan perjudiciales para la salud!) y las cervezas. El sector tiene un desafío importante con la alta dependencia de los grandes mercados de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y centro y norte europeos que consumen vinos gallegos.
El cambio climático está creando condiciones de producción imprevisibles. La variabilidad meteorológica está haciendo que la producción sea menos fiable en calidad y volumen, y esto genera perturbaciones y desajustes que dificultan el comercio. Probablemente, esta circunstancia exige ampliar el uso de variedades autóctonas e híbridas para aumentar la resiliencia de la producción. Las administraciones deben facilitar los avances en este ámbito.
Hay que hacer un esfuerzo por adaptar
la oferta a la disminución de la demanda,
tratando de diversificar la oferta de
vino para los mercados más nuevos
y para los tradicionales. ¿Los pequeños
productores pueden hacerlo sin estar bien
organizados en una cooperativa?





